O Auto da Compadecida

1 O Auto da Compadecida



En un pequeño pueblo del sertão nordestino, donde el sol parecía no tener misericordia y el polvo cubría las calles de tierra, vivían dos amigos inseparables: João Grilo y Chicó. João era flaco, astuto y siempre tenía un plan en la cabeza. Chicó, en cambio, era conocido por sus historias exageradas y su gran talento para meterse en problemas sin darse cuenta.

Un día, mientras caminaban por la plaza del pueblo, João vio algo que le dio una idea brillante: una gallina blanca que pertenecía al panadero. Pero aquella no era una gallina cualquiera. El panadero decía que ponía huevos todos los días sin falta y que era su mayor tesoro.

João se acercó a Chicó y le susurró:

—Chicó, tengo un plan que nos va a dar comida por una semana.

—João, cada vez que dices eso yo termino corriendo de alguien —respondió Chicó con desconfianza—. Pero cuenta.

João explicó que le dirían al panadero que la gallina era especial, casi milagrosa. Según él, había escuchado que un animal así debía ser bendecido por el sacerdote del pueblo para que siguiera produciendo milagros.

El panadero, que era bastante supersticioso, se asustó al escuchar la historia.

—¿Milagrosa? ¿Y si deja de poner huevos? ¡Tenemos que llevarla al padre ahora mismo! —dijo nervioso.

Así fue como la gallina terminó en la iglesia. El sacerdote miraba confundido mientras João hablaba con mucha seguridad.

—Padre, esta gallina es muy especial. Dicen que trae prosperidad y que, cuando muere, merece un entierro digno.

El sacerdote frunció el ceño.

—¿Una gallina… con entierro?

Pero antes de que pudiera terminar la frase, Chicó añadió dramáticamente:

—¡Padre, dicen que quien falta al respeto a una gallina milagrosa tiene siete años de mala suerte!

El sacerdote, que también era algo supersticioso, decidió no arriesgarse.

Durante varios días, João y Chicó cuidaron de la gallina en la iglesia, asegurando que era un animal bendecido. El pueblo entero comenzó a creer en la historia. Algunos incluso venían a verla como si fuera una reliquia.

Pero un día ocurrió lo inesperado: la gallina murió.

El panadero se desesperó y exigió un entierro digno, tal como João había dicho. El sacerdote, que ya estaba envuelto en todo el asunto, aceptó organizar una pequeña ceremonia.

Todo el pueblo se reunió. Chicó lloraba dramáticamente, aunque en realidad estaba pensando en la comida que esperaba después del entierro.

João, con su típica cara seria, habló frente a todos:

—Esta gallina fue más que un animal. Fue un símbolo de esperanza… y de huevos diarios.

La gente asintió con solemnidad.

Pero justo cuando la ceremonia terminaba, apareció un grupo de bandidos que llegó al pueblo causando confusión. En medio del caos, João y Chicó salieron corriendo.

Horas después, ya lejos del alboroto, los dos amigos descansaban bajo un árbol.

Chicó suspiró.

—João… una cosa tengo que decir: fue la primera vez en mi vida que vi un entierro de gallina.

João sonrió con picardía.

—Chicó, en este mundo lo importante no es lo que pasa… sino cómo lo contamos.

Chicó se rascó la cabeza.

—Eso es verdad. Y si alguien me pregunta, voy a decir que esa gallina ponía huevos de oro.

João soltó una carcajada.

—¡No exageres, Chicó!

Y así, entre historias, confusiones y nuevas ideas para sobrevivir, los dos amigos siguieron caminando por el sertão, siempre listos para la próxima aventura.




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